El Ave Fénix y el caldero

Parecía imposible pero aquí me tenéis otra vez por mi Blog… Queridos amigos y amigas, lamento la ausencia de estos meses, pero como ya dije en mi twitter: “todos necesitamos un momento de calma para volver con más fuerza”.

En esta ocasión no vuelvo sola. La entrada que estáis a punto de leer se ha realizado con la colaboración de un profesional de la educación primaria: Miguel Ángel Alonso que busca también su sitio en el mundo, que me ha animado a retomar mi Blog y a no perder nunca la ilusión.

Y es que pasamos por tantas situaciones de la vida que en algún momento esa ilusión se va apagando, pero nos toca resurgir de nuevo de nuestras cenizas como: “el Ave Fénix”.

¿Dónde quedó esa historia?

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Realmente, la imaginación del ser humano siempre se ha caracterizado por tener pocos límites. Hemos conseguido crear historias, personajes y criaturas fascinantes desde los comienzos de la humanidad. Se trata, sin duda, de una verdad innegable: necesitamos soñar, evadirnos de la realidad, fantasear, ver por unos instantes como nos gustaría que fuesen las cosas, por muy irreal que resulte lo que nos inunde la cabeza.

En este largo proceso histórico de creación, desde el mito (explicación fantástica de fenómenos naturales) a la fantasía y la ciencia ficción (géneros artísticos), hemos mantenido siempre una premisa: lo irreal debe mantener contacto con lo real (verosimilitud); y es que, en el fondo, es imposible que algo nos interese si no tiene una mínima relación con experiencias, sensaciones o sentimientos, vividos o experimentados alguna vez en nuestras vidas. Cualquier creación de nuestra imaginación se basa en algo real, y, claramente, el fénix también.

No podemos asegurar cuál fue la primera persona que se imaginó por primera vez un fénix, ni tampoco “las musas” que lo inspiraron a ello. Una majestuosa ave en llamas que se consumía cada 500 años para resurgir de sus cenizas posteriormente. ¿Cuántas personas han utilizado esa frase alguna vez en sus vidas: resurgir de mis cenizas? ¿Quién se podía imaginar que íbamos a tener algo en común con un ave tan majestuosa?

Las personas somos complicadas, nuestras vidas son complicadas, nuestros autoconceptos son complicados. Desde que nacemos, se inicia una carrera de “autodescubrimiento”, de nosotros y del mundo que nos rodea. Nos convertimos en un “caldero” donde no paran de caer cosas: las influencias familiares, escolares, sociales, etc. dando como resultado un guiso de valores, principios, personalidades, es decir, empezamos a definirnos. Lo mejor de todo es que en ese guiso se seguirán añadiendo ingredientes hasta que nos muramos. Debemos reconocer que este pretexto le va a dar emoción a nuestras vidas, diversión garantizada, pero hay una duda que me inquieta: ¿Quién voy a ser dentro de algunos años?. 

 Una crisis existencial puede ser el acontecimiento más trascendental e importante que pueda ocurrir a una persona durante el transcurso de su vida. Si ésta es adecuadamente resuelta, le permite a quien la sufre adquirir un sentido de auto-suficiencia moral y personal que puede repercutir de modo favorable por el resto de su existencia.

 ¿Cuántas crisis existenciales hemos pasado a lo largo de nuestra vida? ¿La crisis de los 18, los 20, los 27…? ¿Crisis de pareja, de amigos, de trabajo? y por que no ¿crisis vocacional?

Bajo mi punto de vista, somos sobre todo, los jóvenes, los que nos sentimos más perdid@s cuando todavía no nos hemos abierto paso al mundo laboral, a la autorrealización profesional, al hecho de estudiar una profesión con vocación y esfuerzo pero luego encontrarnos total y absolutamente perdid@s en el camino cuando nos cierran tantas puertas por falta de experiencia o trabajo suficiente. Todo ello sumado a crisis más personales…

Qué miedo nos invade cuando hay tantas crisis repentinas, pero… ¿Por qué no quedarnos con esas cosas que logramos aprender de ellas?

No hablamos del extraño caso del Doctor Kekyll y Mr Hyde, aunque me parezca un relato brillante sobre la lucha eterna entre el hombre social y el hombre animal, simplemente, nos referimos a que en algunos momentos de nuestras vidas, en ese caldero mágico, aparecen ingredientes nuevos que no esperábamos y que nos cambian la receta. De repente, no sabemos igual, no olemos igual, no tenemos la misma textura; algo ha cambiado… Este cambio puede hacer que mejoremos, que “sepamos mejor”, o, por lo contrario, que haya que tirar todo el guiso y empezar de nuevo a cocinar, evidentemente, con muchos de los ingredientes que teníamos ya en nuestras cocinas. Esta entrada trata sobre el segundo caso.

Un cambio de receta puede tener consecuencias increíbles: traicionarnos a nosotros mismos, perder motivaciones, abandonar metas y sueños, alterar nuestras relaciones: ¿Quién soy?.

Esta situación nos crea miedos, inseguridades, dudas y malestar, y como sospechábamos desde hace tiempo, llega el momento de tirar el guiso y empezar a cocinar: volvemos a encender el fuego, recordamos antiguas recetas, elegimos nuestros ingredientes preferidos, probamos sabores, tiramos lo que este caducado o lo que antes nos gustaba y ahora ya no tanto, y cocinamos lentamente, despacio y con mucho mimo.

Hay guisos que duran días, otros, en cambio meses. Yo, personalmente, opino que estamos cocinando continuamente en función de como evoluciona nuestro paladar, pero lo importante es que estemos riquísimos. Cada receta mejor que la anterior. Hasta que de nuevo sepamos quienes somos y, lo más importante de todo: ¡que nos guste quienes somos!

Nos gustaría pensar que la primera persona que se imaginó un fénix llevaba años cocinándose a sí misma y que, tras múltiples recetas, le gustó su sabor e imaginó un ave majestuosa consumiéndose en llamas y resurgiendo de sus cenizas, mucho más majestuosa y brillante que la vez anterior.

Y es que en el fondo, eso es lo mejor de la fantasía: que uno puede imaginarse como un fénix o un caldero a su libre elección.

Queridos amigos y amigas: No dejen de cocinar, no dejen de renacer. 

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Con la Colaboración de Miguel Angel Alonso, profesor y compañero de viaje.

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2 pensamientos en “El Ave Fénix y el caldero

  1. Siempre me he identificado con el ave fenix que resurge de sus propias cenizas. ¡Nunca me daré por vencido!. Me agrada encontrar personas que comparten ese sentimiento. Estaré pendiente de ésta página

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